Esta es la noche más fantástica que puedo recordar. Os parecerá extraño, pero la primera vez que dos cuerpos se juntan en la complicidad de la noche, con las luces apagadas, el silencio de la casa acompañando a la pareja, que empieza a conocerse, a entenderse más allá de las palabras, solo con caricias, besos, y juegos sobre el colchón, esa primera vez perdura más allá de las siguientes veces.
Quizás sea por la novedad, por algo que no conoces, por algo que no puedes comprender, o simplemente porque es algo que esperabas con ansias. Pero esa noche queda grabada a fuego sobre el corazón de la pareja. Se da demasiada importancia a las espectativas que pueda tener la otra persona, pero al final lo que cuenta es el momento en que por primera vez los dos cuerpos se reconocen.
Así es como recuerdo la primera noche que pasamos juntos Tabitha y yo.
Ella estaba únicamente con ropa interior sobre mi cama. Lentamente empecé a darle mordisquitos en el cuello, lentamente bajé por su cuerpo, cuello, hombros, por encima del sujetador, barriga, ombligo, me desvié hacia la cadera, voy al muslo, pantorrilla, todo eso acompañado de pequeños mordiscos en las partes más sensibles, así como mi lengua juguetona acompañaba al movimiento de mi cabeza hacia abajo. Mi aliento embriagaba su piel, debido a la cercanía de mi boca sobre esta.
Subí por dentro del muslo, y me detuve encima del tanga. Lentamente empecé a deslizarlo hacia abajo mientras que le besaba por encima del tanga. Finalmente, tras una eternidad, lo bajé del todo, mientras que seguí besando ahí abajo.
Con una mano acaricié sus brazos, lentamente y delicadamente. Con la otra mano le acariciaba la zona del ombligo, encontrándome con el piercing que allí tenía.
Poco a poco volví a subir por su cuerpo hasta encontrarme en frente de sus pechos, con los cuales empiezo a jugar con mi lengua sobre el sujetador y sobre la parte que este no cubre. Mi aliento rociaba su cuerpo, con un calor agradable.
La mano que estaba acariciando su brazo empezó a subir hacia su cabeza, y comencé a acariciar su pelo. Por otro lado, la mano que estaba sobre su barriguita empezó a bajar lentamente hasta llegar al interior de sus muslos, sin llegar a tocar su sexo.
Comencé a dar mordiscos sin fuerza al sujetador que permanecía sobre sus pechos, y por ende a lo que había debajo. La mano que tenía en su cabeza cae distraída por su espalda, hacia el corchete del sujetador, el cual desabroché con una mano, mientras mis dientes profundizaban en su carne, y la mano entre sus piernas seguía jugando haciéndose de rogar, sin tocar el monte de Venus.
Poco a poco le fui quitando el sujetador, sin prisas, siendo juguetón. Primero un tirante, luego otro. Retiré el sujetador delicadamente con las manos. Los dientes y la lengua se prestaron para otros menesteres en sus pechos.
Con paciencia, mi mano volvió hacia su cabeza, pero antes recorrió desde la cintura hacia arriba por su espalda. Mi lengua empezó a recorrer su pecho, alrededor del pezón, pero sin llegar a tocarlo. Por otro lado, mi mano rozó el pubis, sin querer. Un contacto sutil y fugaz, ya que mi mano se retiró, acobardada.
Mis dientes se clavaron juguetones en uno de los pezones, la otra mano se deslizó por su cuerpo hacia el otro pecho para hacerle compañía, recorriéndolo en círculos, sin tocar su pezón travieso. La mano que se encontraba en la entrepierna se acercó despreocupada hacia el monte de Venus y lo acarició, ya más decidido.
Mi cabeza volvió a recorrer su cuerpo hacia abajo, hacia un claro objetivo. Otra vez pasando, besando y mordiendo la barriguita. Pasé a través de su ombligo, llegando a la altura de su sexo, donde comencé a besar de nuevo, pasando mi lengua por encima, sin presiona mucho, volviendo a besar. Así, repetí varios instantes.
Mi mano seguía jugando con sus pechos, la otra subió lentamente para no dejar huérfano a uno de ellos. Mi lengua se posó entre los labios de su sexo, comenzando a humedecer la zona. Besé sin parar esos labios, hasta que toda resistencia fue fútil.
Mi lengua entró dentro de su sexo, mientras mis manos continuaban ocupadas en caricias en su cuerpo: espalda, brazos, tripa y claramente sin olvidarme de sus caderas. Acaricié su culo y sus mulos con delicadeza.
Mi lengua entró en sus labios y los besó como si de una boca se tratase, encontrando mi lengua su clítoris, donde comenzó a a moverse en círculos. Mis manos seguían acariciándole, una de ellas se acercó lentamente hacia su sexo, poco a poco, no había prisa, teníamos toda la noche para nosotros, y la eternidad para amarnos.
Mientras mi lengua jugaba, un dedo ayudaba, intentando abrirse camino dentro suya. La otra mano sujetó sus caderas con dulzura, permitiéndome hacer más fuerza con la boca.
Introduje mi lengua por el camino abierto por mi dedo. Quería quedarse ahí dentro, pero no. Su deber era volver de nuevo al clítoris. Salió resignada, dudando si era la decisión correcta. Mi boca aprovechó para pegar unos mordisquitos alrededor. Mi lengua le lamió el sexo, con delicadeza, no había que desperdiciar nada en esa noche.
La lengua, ya centrada, volvió al clítoris, dando vueltas de un lado a otro, buscando ese punto que la hacía estremecer. Sus manos se acercaron a mi nuca, apretándome fuertemente hacia ella, pidiéndome con desesperación que terminase con el suplicio.
Fui rebelde. Volví a dar en ese punto con la punta de mi lengua, donde su cuerpo se estremeció apretándome más contra ella. Se arqueó, y mis dedos entraron más en ella. Lentamente, un segundo dedo hizo compañía al primero. La mano que se encontraba en su cintura, seguía apretando su cuerpo hacia mi boca.
Ella comenzó a temblar, y a apretarme más con sus manos. En ese instante comenzó a arquear el cuerpo, un jadeo ahogado, sus manos apretándome, cada vez más fuerte, como si quisiera que nunca me separase de allí. Tembló. Se volvió a arquear, su respiración se escuchaba acelerada, su corazón galopaba.
Ella no podía aguantar más. Un gemido ahogado. Se mordió el labio inferior, su boca se inundó con un pequeño sabor a sangre, le encantó. Y todo terminó con un último arqueo, un último gemido, un último temblor.
Sus manos reposaban sobre mi cabeza, y comenzó a jugar con mi pelo. Me pidió con sus manos que subiese hacia ella, y nos fundimos en un beso.
Estuvimos así un buen rato, y cuando ella estaba dispuesta a devolverle el favor, su teléfono móvil comenzó a sonar en el suelo. Sonaba con una furia desatada. La miré con una mirada interrogativa, y ella me enseñó el nombre de la persona que la llamaba. Cogió el teléfono y bastante cabreada contestó:
- Te he dicho que no me vuelvas a llamar. Hemos terminado. ¡Te lo dije antes y te lo digo ahora! -su expresión cambió de furia a incomprensión- ¿Cómo? ¿De qué hablas? ¿Estás loco? -de repente ella se quedó pálida. Escuché al otro lado del auricular un grito desgarrador.
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