Tardamos poco en llegar al piso donde hace apenas unas horas vivía Tabitha. Al llegar al edificio se vislumbraban las azules luces de los coches de policía y de la ambulancia.
Pasamos por la calle, esperando buscar un sitio donde aparcar, pero el gendarme no nos dejó detenernos. Tuve suerte y pude aparcar en una calle cercana. Nos bajamos del coche. Tabitha temblaba, aunque no lo reconociese, se le veía que tenía mal cuerpo. Casi no habíamos hablado en el coche, tan solo comentábamos la conversación que había tenido con su novio a través del teléfono. La conversación había sido escueta, unos treinta segundos, nada más. En resumidas cuentas la había llamado para pedirle ayuda, que unos hombres habían entrado en su piso, y que estaban aporreando la puerta del dormitorio que había conseguido bloquear. Cuando Tabitha escuchó cómo la rompían fue cuando su novio gritó.
Tabitha estaba extrañada de cómo podían haber abierto la puerta del piso, cuando esta era blindada, mucho trabajo para entrar a robar al piso. Tenía miedo de lo que le hubiera podido pasar al sujeto que tenía por pareja. No por los sentimientos que albergara ahora hacia él, que eran nulos, si no por la integridad de un ser humano.
En ese instante, se me pasaron algunas tonterías por la cabeza, entre las múltiples posibilidades que no le gustaba nada a mi subconsciente, Keyser Söze.
Llegamos al portal de su piso, y este estaba lleno de cristales. Un coche aparcado en frente del portal estaba totalmente hundido. Un gendarme nos dio el alto, y nos preguntó si vivíamos en esa casa. Hice de traductor para Tabitha, ya que ella todavía no hablaba ni entendía bien el francés. Expliqué la situación al agente: la llamada de su ex-novio, el grito, y cada uno de los detalles.
El agente nos llevó hacia donde se encontraba el responsable de la operación, el comisario Auguste. Posteriormente me enteré que era hijo de inmigrantes españoles. Nos pidió la documentación, y se quedó con ella. Nos comenzó a preguntar en un correcto español acerca de los sucesos que conocíamos.
Me preguntó qué relación tenía con la pareja, claramente le contesté que con la pareja, ninguna, pero que Tabitha era mi amiga. Nos preguntó qué hacía yo con ella, y le explicamos que acababan de dejarlo, y ella no tenía otro lugar a dónde ir mas que a mi casa. Es cierto que omitimos información precisa al comisario, pero no creímos que fuese fundamental para el caso, y en todo caso hubiera sido contraproducente. Preguntó por nuestro trabajo en Toulouse, y otros detalles que eran necesarios para su trabajo, pero irrelevantes para nosotros.
Después de media hora de interrogatorio, y devolvernos nuestra documentación, nos dijo que por ahora no debíamos salir del país, y si recordábamos algún detalle nos pusiésemos en contacto con él. Posteriormente nos llevó a la ambulancia, donde se encontraba el cuerpo del difunto ex de Tabitha. En el cuello se veía un corte profundo, y tenía grandes contusiones en la cara, pero lo curioso es que había muy poca sangre en su ropa, solo un hilillo de sangre manchaba una camiseta blanca que tenía. Su cuerpo y su pelo estaban lleno de cristales, me imaginé el porqué, y cuál fue la causa del aplastamiento del vehículo. Vivían en un cuarto piso.
El comisario nos contó que los vecinos habían escuchado un grito, un cristal que se rompía y el ruido del cuerpo al caer encima del coche. Los que se asomaron al pasillo o a la ventana no vieron salir a nadie del edificio. Ahora mismo los gendarmes continuaban peinando el edificio en busca de algún indicio de la presencia de alguien. Si no fuera por el corte del cuello y el extraño suceso de que hubiera más sangre dentro de la casa que en el coche, se hubieran parado a pensar en un suicidio. La puerta de la casa se encontraba abierta, también les ayudó a pensar que podía haber sido un allanamiento.
Quizás fue mi curiosidad innata, o bien por mi trabajo de perito en aviación civil, pero empecé a mirar detenidamente el cuerpo y el escenario del crimen. El corte del cuello se había hecho con un objeto afilado, no hacía falta ser forense para saberlo. Aún con el corte del cuello era poco lógico que en la zona donde había caído el cuerpo no hubiese casi restos de sangre, un cuerpo, tarda tiempo en desangrarse aunque se corte una arteria, y por la rapidez con lo que todo había sucedido no debería haber sido así. Mi cabeza empezó a hacer varias hipótesis, ninguna lógica. Mi subconsciente se empezó a reír de mí. Dices que no hay ninguna hipótesis lógica y te empeñas en echar la culpa de todo a Keyser Söze. Tu eres idiota, macho. Callé a duras penas a esa vocecilla interior con un escueto Vete al cuerno. Creo que pude escuchar como se reía de mí.
Pasado un tiempo en el que Tabitha se me acercó un par de veces para que la reconfortara, la llamó el comisario Auguste, para que subiera. Me acerqué y le pregunté si podía subir yo con ella. El comisario la miró y ella asintió con la cabeza.
Subimos a la cuarta planta y llegamos a su piso. Era un piso grande, con varios cuadros y obras de arte, en algunos sitios donde se suponía que debía haber algún cuadro, este había desaparecido, solo se veían las alcayatas. Había libros antiguos tirados de las estanterías, y mucho desorden por lo general, claramente había sido un robo, o era el escenario de un teatro montado para encubrir un asesinato premeditado.
Llegamos a la escena del crimen, el dormitorio que tenía una ventana rota. La puerta del dormitorio sen encontraba destrozada, como si hubieran usado un objeto contundente para reventarla. El el suelo enmoquetado había una mancha de sangre, pero tampoco había que ser forense para saber que entre todos los rastros de sangre no había 4 litros de sangre.
El comisario se acercó a nosotros y le preguntó a Tabitha que claramente había sido un robo por la fuerza:
- Se que es un momento duro, -le dijo el comisario- pero debe hacer recuento de lo que se han llevado. Con eso, si encontramos los objetos podremos rastrearlos hasta los culpables.
- Claro, comisario -le contestó ella con la voz queda.
- Señor comisario, -interrumpí- ¿podemos marcharnos? No es un buen momento para esto. Me imagino que podemos esperar a mañana.
El comisario me miró, y asintió con la cabeza:
- Nosotros nos quedaremos aquí para recopilar las pruebas. -comentó, y luego se dirigió a Tabitha- ¿Me puede dejar la llave de la casa? Mañana se pueden pasar a primera hora por la comisaría a recogerla.
Tabitha buscó la llave en el bolso, y se la entregó. Nos fuimos del escenario del crimen, y cuando nos alejamos por la calle, empezó a llorar. La abracé para consolarla y rompió a llorar más fuerte.
No voy a describir cómo llegamos a casa, y cómo ella continuó llorando hasta altas horas de la noche hasta quedarse rendida en el sofá, apoyando su cabeza en mi hombro. Así, mis párpados poco a poco se fueron cerrando, dejando que el cansancio se apoderase de mi cuerpo.
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